Sin salario digno no hay pesca: la deuda pendiente con los trabajadores
La pesca argentina puede exhibir buenos números de producción y exportación, pero la crisis más profunda se vive a bordo. Lejos de los indicadores macro, los trabajadores de la flota de altura —tanto fresquera como congeladora— enfrentan una pérdida sostenida del poder adquisitivo, condiciones laborales cada vez más exigentes y un esquema de pagos que, en muchos casos, roza la informalidad.
En particular, la situación de los trabajadores de la flota fresquera refleja con crudeza este deterioro. Los ingresos por marea —históricamente vinculados al rendimiento de la pesca— hoy se encuentran estancados, al punto de igualar o incluso quedar por debajo de los salarios de trabajadores de plantas en tierra. Una comparación que no busca desmerecer la tarea en fábricas, pero que deja en evidencia una distorsión: mientras en tierra se cumplen jornadas delimitadas, el personal embarcado trabaja bajo un régimen de 24 horas los siete días de la semana durante toda la marea.
A esta desigualdad se suma una problemática aún más delicada: los tiempos de pago. En numerosos casos, los haberes derivados de las mareas no se abonan dentro de los plazos establecidos por convenio. La situación se agrava especialmente entre los trabajadores “relevos”, que representan cerca del 70% de la dotación en la flota.
Bajo esta modalidad, muchos tripulantes cobran recién después de formalizar su desvinculación, en algunos casos hasta 30 días posteriores al fin de la relación laboral. Un mecanismo que contradice los plazos habituales, donde los pagos deberían efectivizarse dentro de las 72 horas.
Pero el problema no termina ahí. Desde distintos sectores se advierte que algunas empresas incumplen obligaciones básicas, como el pago de aportes a la seguridad social, cobertura de obra social o contribuciones jubilatorias. La falta de regularización también impacta en la cobertura gremial, dejando a los trabajadores en una situación de mayor vulnerabilidad.
En un contexto de alta inflación y aumento del costo de vida, estos factores configuran un escenario crítico: ingresos retrasados, salarios reales en caída y condiciones laborales que no encuentran correlato en la remuneración.
La pesca sigue siendo una actividad estratégica para la economía argentina, pero su sostenibilidad no puede medirse únicamente en toneladas capturadas o divisas generadas. El verdadero equilibrio del sector depende de garantizar condiciones dignas para quienes sostienen la actividad en el mar.
Hoy, esa ecuación está desbalanceada. Y mientras no se corrija, la crisis seguirá teniendo un único protagonista: el trabajador embarcado.
El costo invisible de la pesca: salarios en caída y trabajadores al límite en la flota pesquera Argentina
La pesca argentina volvió a mostrar números positivos en producción durante 2026, pero detrás de ese repunte se esconde una realidad que golpea de lleno a quienes sostienen la actividad: los trabajadores embarcados. Mientras los indicadores oficiales reflejan crecimiento en el sector, el poder adquisitivo de marineros, maquinistas y oficiales continúa deteriorándose frente a una inflación persistente y acuerdos salariales que no logran acompañar el costo de vida.
De acuerdo con datos del INDEC, el índice de producción industrial pesquero registró subas interanuales, evidenciando una recuperación en los niveles de actividad . Sin embargo, esa mejora no se trasladó de manera proporcional a los ingresos de los trabajadores del sector.
Datos INDEC:
En febrero de 2026, el índice de producción industrial pesquero (IPI pesquero) muestra un aumento de 14,3% respecto a igual mes de 2025.
El propio organismo estadístico también muestra que los salarios en la Argentina crecen a un ritmo inferior o apenas alineado con la inflación, lo que genera una pérdida o estancamiento del poder adquisitivo en amplios sectores . En paralelo, el aumento sostenido del costo de vida —alimentos, transporte, servicios— presiona sobre los ingresos reales, especialmente en actividades como la pesca, donde gran parte del salario depende de la productividad.
En la flota de altura, tanto fresquera como congeladora, la situación presenta particularidades que agravan el problema. Los sistemas de remuneración atados a la producción —como el pago por cajón o por tonelada— generan ingresos variables que, en contextos de menor rendimiento o zafras irregulares, impactan directamente en el bolsillo de los tripulantes.
Informes sectoriales elaborados en base a datos de cámaras empresarias, INDEC y el Banco Central advierten que, si bien los costos laborales en la pesca crecieron en términos nominales, los salarios reales se encuentran estancados e incluso por debajo de niveles de años anteriores .
A esto se suma un factor clave: la estabilidad relativa del dólar en determinados períodos. En una actividad fuertemente exportadora como la pesca, el atraso cambiario reduce los ingresos en términos reales para las empresas, que trasladan esa presión hacia la estructura de costos. Y el primer eslabón donde se ajusta suele ser el salario.
El resultado es una ecuación cada vez más compleja: ingresos que no acompañan la inflación, costos de vida en alza y esquemas laborales que dependen de variables productivas inciertas. Mientras tanto, el trabajador embarcado —que pasa semanas en el mar, en condiciones exigentes— ve cómo su esfuerzo pierde valor frente a la economía cotidiana.
El impacto no es solo individual. La pesca es una actividad intensiva en empleo, con fuerte presencia en ciudades como Mar del Plata, Puerto Madryn o Deseado. En algunos segmentos, como el variado costero, concentra hasta el 20% del empleo embarcado del país , lo que amplifica cualquier deterioro salarial en el tejido social de estas comunidades.
En este contexto, los acuerdos paritarios que se cierran por debajo de la inflación real o que no contemplan la dinámica particular del sector terminan profundizando la pérdida de ingresos. La discusión ya no pasa únicamente por porcentajes, sino por la sustentabilidad social de una actividad estratégica.
Porque si bien la pesca puede mostrar buenos números en toneladas o exportaciones, el verdadero termómetro del sector está en quienes sostienen la producción día a día. Y hoy, ese termómetro marca una señal de alerta: los trabajadores no pueden seguir siendo la variable de ajuste en una cadena que depende, en primer lugar, de su esfuerzo.