Facundo Bernatene llegó al proyecto desde años de investigación en el Programa de Maricultura y Biología Experimental del INIDEP. Matías decidió acompañar el desafío hasta las últimas consecuencias: vendió su casa, dejó atrás una vida estable y se instaló en un viejo motorhome. Juntos crearon Villa Eywa, una experiencia de maricultura regenerativa que busca producir pez limón y vegetales marinos en tierra, reutilizando el agua y aprovechando los subproductos de la industria pesquera. El objetivo ya no es solamente criar un pescado premium: es demostrar que se puede producir alimento del mar utilizando la propia lógica de la naturaleza.



Hay historias de emprendimientos que comienzan con una inversión, un estudio de mercado o una oportunidad comercial.
Y hay otras que empiezan mucho antes, en un laboratorio, con una pregunta que parece demasiado grande para quienes intentan responderla.
En el caso de Villa Eywa, esa pregunta fue: ¿qué podemos hacer para sanar el océano?
La respuesta que encontraron los hermanos Facundo y Matías Bernatene fue tan sencilla como desafiante: dejar de molestarlo y buscar en la propia naturaleza las herramientas para producir alimentos sin aumentar la presión sobre el mar.
Hoy esa idea tiene nombre: Villa Eywa.
Y detrás de ese nombre existe una historia que combina investigación científica, experimentación, sacrificio personal, tecnología desarrollada prácticamente desde cero y una apuesta por una actividad que todavía tiene un enorme camino por recorrer en la Argentina: la maricultura.

Para entender cómo nació el proyecto hay que retroceder varios años.
Facundo Bernatene desarrolló parte fundamental de su experiencia profesional dentro del Programa de Maricultura y Biología Experimental del Instituto Nacional de Investigación y Desarrollo Pesquero (INIDEP).
Allí participó en uno de los primeros esfuerzos sistemáticos realizados en el país para desarrollar tecnología de cultivo del pez limón (Seriola lalandi).
Los documentos científicos del INIDEP muestran que durante 2016 se realizaron sucesivas campañas destinadas a capturar ejemplares vivos, trasladarlos a la estación de maricultura y adaptarlos al cautiverio para conformar un plantel de reproductores.
El objetivo formaba parte de un proyecto denominado “Desarrollo de la tecnología de cultivo de Seriola lalandi en Argentina”.
No fue un camino sencillo.
Hubo campañas exitosas y otras que debieron suspenderse por las condiciones climáticas. En la tercera campaña, realizada en enero de 2016, se consiguió llevar un ejemplar vivo a la estación; en la sexta se incorporaron siete; en la séptima, seis más. Finalmente, durante la octava campaña, realizada el 7 de abril de ese año, llegaron otros diez ejemplares y el plantel alcanzó los 29 reproductores, superando el objetivo inicial de 25.
Cada uno de esos peces significaba algo más que un ejemplar dentro de un tanque.
Era conocimiento.
Cómo capturarlo.
Cómo transportarlo.
Cómo aclimatarlo.
Cómo alimentarlo.
Cómo mantenerlo vivo.
Cómo reproducirlo.
Y, finalmente, cómo conseguir que creciera en condiciones controladas.

El pez limón fue elegido por razones que combinaban ciencia y mercado.
Seriola lalandi es una especie autóctona, muy valorada por la gastronomía y particularmente apreciada por chefs para preparaciones en crudo o marinadas.
Es un pez fuerte, rápido y difícil de capturar. En las costas marplatenses su pesca está vinculada fundamentalmente con la actividad deportiva y embarcada, y no existe una pesquería comercial desarrollada comparable con otras especies del Mar Argentino.
Para los Bernatene esa característica terminó convirtiéndose en una oportunidad.
Había una especie propia, con alta valoración gastronómica, oferta limitada y condiciones que permitían pensar en su cultivo mediante sistemas de recirculación.
Facundo había comenzado a conocer esas posibilidades durante su trabajo científico.
Pero en algún momento apareció una pregunta inevitable:
¿Qué pasaría si todo ese conocimiento podía salir del laboratorio y convertirse en un proyecto productivo?

Villa Eywa comenzó a tomar forma a fines de 2019.
Facundo y Matías decidieron llevar adelante un proyecto propio basado en aquella experiencia acumulada.
Pero el paso de la investigación al emprendimiento exigía mucho más que conocimiento técnico.
Exigía tiempo.
Dinero.
Espacio.
Y, sobre todo, asumir riesgos.
Facundo dejó su empleo para dedicarse al proyecto.
Matías tomó una decisión todavía más drástica: vendió su casa.
Su aporte no fue solamente económico. Venía de una trayectoria vinculada al deporte y la gestión, y aportó al emprendimiento una mirada diferente de la estrictamente científica.
Mientras Facundo representaba el conocimiento técnico y la investigación, Matías se convirtió en una pieza fundamental para transformar aquella idea en una filosofía empresarial.
Y entonces llegó una de las imágenes más particulares de esta historia.
Matías terminó viviendo en un viejo motorhome, mientras los dos hermanos continuaban trabajando sobre el proyecto que habían decidido sostener prácticamente contra todo pronóstico.
No fue una anécdota.
Fue la expresión concreta de una decisión: poner los recursos personales al servicio de una idea cuyo resultado todavía estaba lejos de estar garantizado.
La historia fue reconstruida en 2024 por medios locales, que señalaron que Facundo renunció a su empleo y Matías vendió su casa para emprender juntos el camino de Villa Eywa.


Los primeros pasos de Villa Eywa estuvieron lejos de parecerse a una empresa convencional.
El proyecto comenzó en los fondos de una vivienda del barrio Alfar, al sur de Mar del Plata.
Allí acondicionaron instalaciones para convertirlas en un pequeño laboratorio de experimentación y una serie de estanques.
La escena tenía poco de industrial y mucho de artesanal.
Tanques.
Bombas.
Filtros.
Agua de mar.
Microalgas.
Plancton.
Peces.
Y una enorme cantidad de ensayo y error.
Los hermanos debían resolver prácticamente cada problema que aparecía.
El desafío era conseguir que un organismo marino pudiera vivir y desarrollarse fuera de su ambiente natural, pero dentro de un sistema que imitara algunos de los mecanismos del océano.
Villa Eywa no pretende simplemente colocar peces dentro de tanques.
El corazón del proyecto está en los Sistemas de Recirculación Acuícola, conocidos como RAS.
La lógica es mantener el agua en circulación, tratarla y reutilizarla en lugar de descartarla permanentemente.
El agua pasa por diferentes procesos de filtración y tratamiento. Los residuos producidos por los peces son transformados por microorganismos y los nutrientes resultantes pueden ser aprovechados por otros componentes del sistema.
Así, un residuo puede convertirse en alimento para otro organismo.
Y el agua puede volver al circuito.
Los Bernatene resumen esa filosofía en una frase:
“Nada se pierde y todo se transforma”.
La propuesta es presentada por ellos como maricultura regenerativa: una forma de producción que intenta trabajar con los procesos naturales en lugar de enfrentarlos.
Por eso Villa Eywa no se limita al pez.
En sus instalaciones conviven diferentes componentes del sistema.
Las microalgas sirven para desarrollar plancton.
El plancton puede alimentar a las larvas durante sus primeras etapas.
Las bacterias intervienen en la transformación de los residuos.
Los vegetales marinos aprovechan nutrientes y participan en el tratamiento del agua.
El resultado buscado es un circuito donde cada elemento tenga una función.
El pez produce residuos.
Las bacterias los transforman.
Los vegetales aprovechan los nutrientes.
El agua se purifica.
Y vuelve al sistema.
La intención es reproducir, dentro de un espacio controlado, parte de la lógica que permite funcionar al océano.
La economía circular también aparece en la alimentación.
Los hermanos utilizan recortes provenientes de la industria pesquera local como parte de la alimentación de los peces.
Es decir, un subproducto que podría convertirse en desperdicio vuelve a incorporarse al circuito productivo.
El objetivo es transformar esos descartes en un alimento de alto valor.
Lo que sale de una actividad puede convertirse en el insumo de otra.
Es una de las características que más claramente diferencia el concepto de Villa Eywa de una simple granja de peces.

El mayor salto tecnológico llegó cuando lograron avanzar sobre las distintas etapas del ciclo productivo.
No se trataba únicamente de capturar un pez y hacerlo crecer.
Había que obtener reproductores, aclimatarlos, conseguir reproducción y desove, producir larvas y luego llevar esos peces hasta la etapa de engorde.
En 2024, los hermanos señalaban que habían conseguido cerrar de manera privada el ciclo del pez limón en el país, desde la captura de reproductores hasta la reproducción, el cultivo de larvas y el engorde de ejemplares que alcanzaban aproximadamente los tres kilos.
Ese resultado es especialmente relevante si se tiene en cuenta que buena parte del conocimiento sobre el cultivo de esta especie todavía estaba en desarrollo.
Los propios emprendedores explicaban entonces que los manuales sobre el cultivo del pez limón estaban prácticamente “en proceso de escritura” y que ellos mismos estaban generando parte de ese conocimiento.
Allí aparece uno de los aspectos más interesantes de esta historia.
Villa Eywa no nació separada de la ciencia.
Nació, en buena medida, a partir de ella.
Los trabajos realizados años antes en el INIDEP permitieron acumular conocimientos sobre la especie y sobre las condiciones necesarias para mantenerla en cautiverio.
Las campañas de 2016 muestran que Bernatene ya estaba trabajando sobre la captura y aclimatación de reproductores de pez limón dentro del programa de Maricultura y Biología Experimental.
Años después, ese conocimiento comenzó a transformarse en un emprendimiento privado.
Es un recorrido que plantea una cuestión de fondo para la Argentina:
qué ocurre cuando el conocimiento generado por la investigación puede transformarse en innovación productiva.
El desarrollo tampoco estuvo acompañado por una industria nacional preparada para fabricar cada uno de los equipos necesarios.
Cuando Villa Eywa comenzó, importar tecnología específica para sistemas de este tipo resultaba difícil.
La solución fue fabricar, adaptar y modificar.
Los propios emprendedores explicaron que buena parte de la tecnología fue desarrollada por ellos mismos, recurriendo a soluciones propias frente a la falta de proveedores especializados en el país.
La consecuencia fue inesperada.
La dificultad terminó convirtiéndose también en una oportunidad para generar conocimiento tecnológico local.
Bombas, filtración, circulación, control de parámetros y diferentes componentes del sistema fueron adaptándose a las necesidades concretas del proyecto.
El objetivo final tampoco es menor.
El pez limón es uno de los pescados más valorados por la gastronomía de alta gama.
Su carne es grasa, firme, delicada y con una textura particularmente apreciada para preparaciones en crudo.
Su disponibilidad natural es limitada y estacional, mientras que la demanda gastronómica existe durante todo el año.
Villa Eywa busca justamente resolver esa contradicción.
Una producción controlada podría permitir disponer de pescado durante todo el año, con características homogéneas y trazabilidad sobre el proceso.
Los hermanos también incorporaron la técnica japonesa ikejime, utilizada para mejorar la calidad de la carne mediante un sacrificio rápido inmediatamente después de retirar el ejemplar del agua.
La intención es que el producto no sea simplemente un pez de cultivo.
Que llegue al consumidor como un producto premium, con calidad gastronómica y una historia detrás.
Todo lo conseguido hasta ahora tiene una contracara.
Villa Eywa todavía debe demostrar que el modelo puede pasar de una experiencia de pequeña escala a una producción comercial capaz de sostenerse económicamente.
En 2025, Facundo Bernatene explicó que el proyecto se financiaba exclusivamente mediante inversores ángeles y que todavía no había recibido apoyo estatal. También señaló que mantenían conversaciones con la UTN y la Universidad Nacional de Mar del Plata para generar espacios de investigación, tesis y pasantías.
El principal obstáculo identificado por el propio emprendedor fue la burocracia y, especialmente, la dificultad para conseguir el espacio necesario para llevar el proyecto a una nueva dimensión.
Eso explica por qué la historia de Villa Eywa todavía no puede contarse como la de una industria consolidada.
Es, por ahora, la historia de una tecnología que logró demostrar que funciona y que busca encontrar las condiciones necesarias para crecer.
La experiencia también permitió imaginar una expansión territorial.
En los últimos años se analizó la posibilidad de desarrollar instalaciones de producción de pez limón en la zona de Miramar y Mar del Sud, aprovechando las características del agua y la cercanía con un importante centro gastronómico y pesquero como Mar del Plata.
La idea permitiría pasar de una experiencia desarrollada prácticamente de manera artesanal a un modelo productivo de mayor escala.
Pero el objetivo no sería únicamente producir más pescado.
También podría significar desarrollar empleo, tecnología, proveedores, conocimiento y una nueva actividad económica alrededor de la maricultura.
Villa Eywa no necesariamente debe interpretarse como una competencia de la pesca.
Puede ser entendida como una actividad complementaria.
La pesca trabaja sobre recursos naturales renovables.
La acuicultura produce organismos en sistemas controlados.
La propuesta de los Bernatene intenta encontrar un punto de encuentro entre ambas actividades.
Incluso utiliza subproductos de la industria pesquera como parte de su modelo.
En ese sentido, la experiencia puede convertirse en un ejemplo de cómo una cadena productiva puede generar nuevos negocios a partir de recursos que anteriormente eran considerados residuos.
La imagen del motorhome quizás sea una de las mejores formas de explicar lo que ocurrió.
Pero no debería opacar la verdadera dimensión del proyecto.
Detrás de ese motorhome hay años de investigación.
Detrás de los tanques hay campañas científicas.
Detrás del pez limón hay conocimiento acumulado.
Y detrás de Villa Eywa hay dos hermanos que decidieron transformar todo eso en una apuesta empresarial.
Facundo llegó con el conocimiento científico construido en el INIDEP.
Matías puso su experiencia, su visión y, literalmente, parte de su patrimonio.
Vendió su casa.
Se mudó a un viejo motorhome.
Y siguió adelante con un proyecto cuyo resultado todavía no estaba asegurado.
Mientras tanto, los dos fueron construyendo algo mucho más difícil que una empresa: un modelo productivo prácticamente inexistente en la Argentina.
El recorrido de Villa Eywa permite identificar una serie de hitos:
• Investigación: Facundo Bernatene participó en el INIDEP de las primeras experiencias destinadas a desarrollar tecnología para el cultivo del pez limón en Argentina.
• Reproductores: durante 2016 las campañas permitieron conformar un plantel de 29 ejemplares vivos en la estación de maricultura.
• Conocimiento biológico: el trabajo avanzó sobre aclimatación, maduración, reproducción y desove de Seriola lalandi.
• Emprendimiento privado: a fines de 2019 nació Villa Eywa como proyecto propio de los hermanos.
• Desarrollo artesanal: los primeros sistemas fueron construidos y adaptados en instalaciones propias en Mar del Plata.
• Recirculación: desarrollaron sistemas RAS para mantener peces marinos en tierra y reutilizar el agua.
• Economía circular: incorporaron subproductos de la industria pesquera y desarrollaron un sistema integrado con bacterias, plancton, microalgas y vegetales.
• Cierre del ciclo: lograron avanzar desde reproductores y larvas hasta ejemplares de engorde de aproximadamente tres kilos.
• Producto gastronómico: trabajaron sobre calidad, trazabilidad y técnicas como el ikejime.
• Inversión privada: el proyecto consiguió el respaldo de inversores ángeles para continuar su desarrollo.
El próximo paso es probablemente el más difícil.
Villa Eywa necesita demostrar que la tecnología desarrollada en pequeña escala puede convertirse en un modelo productivo económicamente viable.
Para eso necesita espacio, inversión, infraestructura, proveedores especializados y un marco regulatorio que permita que la innovación avance.
Pero también necesita algo más difícil de medir: que la Argentina entienda que la maricultura puede ser mucho más que una actividad experimental.
Puede ser una industria.
Puede generar alimentos.
Puede crear tecnología.
Puede aprovechar residuos de otras cadenas productivas.
Puede acercar la producción al consumidor.
Y, sobre todo, puede hacerlo sin colocar necesariamente más presión sobre los ecosistemas marinos.

El pez limón es la cara visible de Villa Eywa.
Pero el proyecto es mucho más amplio.
Detrás de cada ejemplar existe un sistema que intenta integrar ciencia, tecnología, producción y naturaleza.
El agua circula.
Los microorganismos transforman.
Los vegetales absorben.
Los subproductos se reutilizan.
Los peces crecen.
Y el objetivo es que el sistema genere alimento sin trasladar el costo ambiental al océano.
La historia comenzó mucho antes de que existiera Villa Eywa, cuando Facundo Bernatene trabajaba en el INIDEP intentando resolver cómo capturar y reproducir una especie que hasta entonces presentaba enormes desafíos.
Continuó cuando decidió dejar aquella experiencia científica para llevarla al terreno privado.
Y tomó una dimensión personal cuando su hermano Matías decidió vender su casa y mudarse a un viejo motorhome para acompañarlo.
Hoy, varios años después, aquellos primeros experimentos en los fondos de una casa se convirtieron en un proyecto que busca dar un salto de escala.
Quizás todavía sea temprano para saber si Villa Eywa se convertirá en una gran empresa o en el primer capítulo de una nueva industria argentina.
Pero hay algo que ya logró.
Demostró que el conocimiento científico, cuando encuentra personas dispuestas a asumir riesgos para llevarlo a la práctica, puede salir del laboratorio y transformarse en una nueva forma de producir alimentos del mar.
Y en un país con miles de kilómetros de costa, una enorme plataforma marítima y una industria pesquera consolidada, esa experiencia plantea una pregunta que merece ser escuchada:
¿Está comenzando en Mar del Plata una nueva etapa para la producción argentina de alimentos provenientes del mar?


La historia de EYWA tiene además un capítulo pendiente que puede resultar decisivo para su futuro: El Marquesado.
El 11 de noviembre de 2021, los impulsores del proyecto presentaron una iniciativa privada para desarrollar allí un espacio que combinara la producción regenerativa de pez limón con la recuperación del lugar, servicios para la comunidad, playa gratuita y propuestas vinculadas al turismo y al encuentro con el mar. La propuesta, según explicó Matías Bernatene en una actividad organizada por la Universidad Nacional de Mar del Plata, quedó durante años a la espera de una definición administrativa.
La elección del lugar no parece casual. El predio de El Marquesado, ubicado sobre el corredor costero entre Mar del Plata y Miramar, volvió a quedar en el centro de la discusión pública en los últimos años. En 2025, desde el Gobierno bonaerense se señaló que las 140 hectáreas se encontraban bajo administración provincial y que existía un proyecto para su puesta en valor y refuncionalización, con una orientación turística y agroecológica.
Para EYWA, la posibilidad de instalar allí su proyecto representaría mucho más que conseguir un espacio físico para ampliar los tanques. Podría significar el salto desde una experiencia desarrollada durante años a pequeña escala hacia un modelo productivo, educativo y turístico capaz de mostrar en funcionamiento una nueva relación con el mar.
La propuesta contempla una lógica en la que la producción de alimentos, la investigación, la gastronomía y la regeneración ambiental no sean actividades aisladas. El cultivo de pez limón podría convivir con la producción de micro y macroalgas, la recuperación del entorno, actividades vinculadas al conocimiento del océano y una experiencia gastronómica basada en productos obtenidos dentro del propio circuito.
En ese sentido, El Marquesado aparece como una posible extensión natural de la filosofía que dio origen a EYWA: producir sin depender exclusivamente de la extracción del recurso, utilizar el conocimiento científico para reproducir especies marinas y convertir el propio territorio en parte de la solución.
Por ahora, sin embargo, hay que hablar de una propuesta y no de una obra concretada. La iniciativa presentada por EYWA no había recibido, al menos hasta la última información pública localizada, una definición que permitiera avanzar hacia su instalación definitiva.
Y allí aparece quizás la mayor paradoja de esta historia. Mientras Facundo y Matías lograron desarrollar durante años una tecnología propia, alcanzar avances científicos, cerrar el ciclo biológico del pez limón y demostrar que es posible recircular más del 99% del agua utilizada, el paso que podría permitirles llevar esa experiencia a una escala mayor todavía depende de una decisión administrativa.
El desafío ya no parece ser solamente demostrar que el pez limón puede criarse en tierra. El verdadero desafío es demostrar que una actividad productiva puede crecer sin dejar de ser regenerativa y que un espacio costero como El Marquesado puede convertirse, al mismo tiempo, en lugar de producción, conocimiento, trabajo, gastronomía y encuentro con el mar.
Si ese proyecto finalmente encuentra un camino para concretarse, la historia de EYWA podría dejar de ser solamente la de dos hermanos que apostaron todo por una idea y convertirse en el primer capítulo de un modelo mucho más amplio para la maricultura argentina.
